viernes, 24 de junio de 2011

La elección del alcalde en La Florida y la paupérrima democracia chilena

Rodolfo Carter
Después de 14 intentos fallidos, hoy La Florida cuenta con su nuevo alcalde tras la renuncia de Jorge Gajardo el pasado 2 de marzo. Por fin la comuna tiene un edil, suena excelente excepto por un par de datos: la forma en que se llevó a cabo esta designación y el historial de la persona que se la adjudica.
Desde el término de la era Pinochet, Chile se ha jactado de ser un país democrático, es más, la palabra “democracia” se escucha constantemente en los discursos de nuestros políticos. Pero ¿qué tan democrático es Chile?
La elección de alcaldes es popular, sin embargo cuando éstos son reemplazados la opción de los electores pasa a segundo plano y los intereses políticos priman. Durante casi cuatro meses vimos a nuestra clase política debatirse entre quién ocuparía el sillón edilicio de La Florida, sin tomar en cuenta a los habitantes de la comuna.
En época pre eleccionaria los candidatos hacen de todo para captar votos, sacan a la luz sus frases más demagógicas, recorren el país de punta a cabo, se fotografían con los más pobres y prometen el cielo en la tierra. En ese momento vociferan que la gente es lo más importante, eso mientras la opinión de la ciudadanía sea la base para dar continuidad a sus intereses. Pero cuando éstos últimos se arreglan mediante lobby o reuniones ultra secretas hasta ahí llega la importancia de los electores.
Lo vimos en este nombramiento, donde a través de negociaciones políticas La Florida cuenta con un nuevo y cuestionado alcalde, el UDI Rodolfo Carter, quien debió explicar denuncias en su contra por giro doloso de cheques y DICOM, donde se registran 57 millones de pesos entre protestos y morosidades. No obstante, los intereses políticos pudieron más y el voto del concejal socialista José Luis Alegría, permitió al candidato obtener el quórum necesario para obtener el triunfo. Acto seguido, el Tribunal Supremo del PS decidió expulsar de la colectividad a Alegría, por haber asistido a la sesión extraordinaria del concejo municipal y de paso se ganó el repudio del bloque concertacionista.
Esta es una prueba, entre muchas otras, de que en nuestro país la democratización es un proceso pendiente que se ve opacado con la mala praxis política. Aquí no se respetó a los ciudadanos al reemplazar a un alcalde PS por uno UDI, sin importar qué tan probo podía ser éste. Así como tampoco hubo respeto cuando se escogió al senador Carlos Larraín para reemplazar al ahora ministro Andrés Allamand, ambos de un mismo partido, pero con puntos de vista notoriamente distintos. Ni mucho menos hubo respeto cuando tuvimos senadores designados; se nos dijo que no habría más y seguimos igual. En Chile no hay respeto cuando, luego de hacer una larga fila, los ciudadanos eligen a sus autoridades y en la mitad del juego se las cambian por otras sin pedirles su consentimiento.
No basta con que un país tenga elecciones libres, más de un partido político o períodos presidenciales limitados para considerarlo democrático. La democracia pasa, entre otros aspectos, porque se respete la decisión de los electores a cabalidad, que los ciudadanos tengan injerencia real en escoger a quienes serán sus autoridades y no terminen votando por “sujeto x”, porque “es lo que hay” o, más bien, es lo que nos impusieron. Mientras situaciones como éstas y tantas otras continúen, decir que Chile es un país plenamente democrático y que la opinión de sus ciudadanos se respeta, es una falacia.

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